Cada momento tiene en sí la oportunidad de transformar mi vida. Aquieto mi mente y me aparto del remolino y la prisa de las actividades inquietantes. Centro mi atención en la paz. En quietud callada, respiro profunda y serenamente. Con facilidad y gracia, inhalo el amor divino, no dejando espacio para la tensión ni el temor. Dirijo mi atención, dejando ir todo apego a ciertas soluciones o plazos. Suelto el estrés y la preocupación. Libero mi mente de todo aquello que me abata y preocupe. Entrego todo al Espíritu divino. Lleno el espacio que el liberar me ha proporcionado con pensamientos positivos, productivos y llenos de fe. Dejo ir las preocupaciones y afirmo paz y orden perfectos.
Texto devocional: SALMO 4.4
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